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Los tesoros ocultos de la Catedral

Catedral de toledo misterios

¿Cuántos tesoros puede contener la catedral de Toledo? Creo sinceramente que sería imposible cuantificarlos, de hecho a la catedral la llaman la Dives toledana, o la “rica”, por contener innumerables joyas de valor artístico e histórico. Pero, ¿y los tesoros ocultos? ¿Se han encontrado piezas de valor, joyas, objetos escondidos tras nichos, criptas o demás lugares recónditos?

De reyes y momias ilustres

La fascinante historia que vamos a relatar a continuación es estrictamente cierta. Tiene ese poso de lo legendario pero sucedió como os vamos a narrar. Se trata de la vida de un rey, uno de esos que a veces se olvidan por no estar en el panteón de los más ilustres, pero en este caso ese cuasi olvido es injustificado, te invitamos a conocer la vida y la muerte de Sancho IV, llamado “el bravo”, un rey que ha pasado a la posteridad no sólo por lo que hizo sino por lo que se descubrió en su tumba, un fantástico hallazgo que ahora os presentamos. Pero antes un poco de historia…  

Todo comienza con otro protagonista si cabe mucho más conocido y del que hemos hablado en múltiples ocasiones, faro de la cultura y rey total que supo ser un precursor en muchas materias, dejándonos un legado difícil de superar, nos referimos a Alfonso X el sabio, nacido en Toledo en 1221, y educado de forma exquisita bajo la tutela de su madre Beatriz de Suabia. Rodeado de un ambiente culto donde se hablaban varias lenguas y se intercambiaba lo mejor de las culturas que había en ese momento en la corona de Castilla, supo aprovechar la ocasión que le brindó el destino y llevar a lo más alto la Escuela de Traductores, abriendo las puertas de Toledo y fraguando un antes y un después en la cultura europea. Pero las luces y las sombras en la vida se entrelazan de manera caprichosa, y el fatum le tenía preparado un episodio fatal en el ocaso de sus días. 

A sabiendas de que le quedaban pocos años de vida y aquejado de una enfermedad que le roía la cara, el rey sabe que ha de dejar bien atada la sucesión del reino, pero el destino caprichoso y cruel se encargará  de ofrecerle un desgraciado desenlace. Su primogénito, Fernando de la Cerda, muere de manera repentina y deja las aspiraciones al trono de castilla con dos candidatos, por un lado el hijo del primogénito, Alfonso de la Cerda, que según las Siete Partidas, código legal vigente, daba la sucesión en este caso al nieto del rey Alfonso. Sin embargo, el derecho consuetudinario que se había cuajado a través de las costumbres de siglos atrás, daba prioridad al segundogénito, por lo tanto, era el infante Sancho el que debía reinar. Y con esta situación se inició una guerra civil que enconó a padre e hijo hasta que al fin. Más cuando parecía que la balanza favorecía más a los seguidores del infante de la Cerda, el rey Alfonso murió en Sevilla sin poder materializar sus deseos de continuidad a favor de su nieto. Así el nuevo rey de Castilla y León, Sancho IV, se hizo coronar en la catedral de Toledo en 1284, en una ceremonia que recordaba la legitimidad de aquellos godos ilustres, primeros reyes de la antigua Hispania.

Este nuevo monarca avanzó en su reinado decidido y con ánimo resuelto, teniendo que medrar constantemente para apaciguar los intentos conspirativos de sus rivales, una nobleza que estaba ojo avizor para intentar derrocarle, dando muestras de valentía constantes y con ello limitando las posibilidades de una sedición.

Esa bravura bien se midió en su política de reconquista consiguiendo la plaza de Tarifa, de la cual se extrae un suceso heroico vinculado al noble leonés Alonso Pérez de Guzmán, más conocido como Guzmán el Bueno, que ante los requerimientos de los sarracenos vencidos en combate, secuestraron al hijo de éste. En las mismas murallas del castillo se presentaron los derrotados proponiendo un pacto: la vida de su hijo por la plaza de Tarifa. La respuesta no se hizo esperar, Guzmán se apresuró a subir a la torre más alta de la fortaleza y desde allí, quitándose la daga que llevaba en su cintura, la tiró con tanta fuerza que casi pudo dar a uno de los congregados a tal indigno cambio. Este caballero dejó clara su posición: Tarifa no se rinde.  

Mientras tanto, se acometían las obras en la catedral de Toledo, el enclave sagrado se ampliaba y se iban cerrando cúpulas y construyendo capillas, una de ellas iba a ser el emplazamiento definitivo de nuestro protagonista, el rey Sancho IV quería agradecer a la ciudad que le había prestado tanto reconocimiento, ser su última y eterna morada para que el recuerdo si era así, se depositara con beneplácito en las mentes de los que otrora vinieran a poblar tan insigne lugar. Para ello se construyó la capilla de la Santa Cruz, junto a la piedra de la descensión, lugar de enorme simbolismo, donde tuvo lugar el milagro de la imposición de la casulla a san Ildefonso. Muere Sancho el 25 de abril de 1295 víctima de la tuberculosis, y sus restos fueron a descansar en este lugar hasta que por mandato del Cardenal Cisneros, desapareció la capilla y los cuerpos que estaban depositados en ella, fueron trasladados a una lugar más preminente, la Capilla mayor, justo donde todos los días se celebraba el milagro de la eucaristía. Y así quedó la cosa hasta que hubo un requerimiento curioso y sorprendente en esta historia.

En 1947, el estado de Portugal reclamó al cabildo catedralicio toledano los restos de su monarca Sancho II Capelo, de sobrenombre “el piadoso”, cuestión que originó una intervención arqueológica en los nichos reales de la capilla, que tuvo un sorprendente e inesperado resultado. Por un lado, no se descubrieron los restos del citado rey de Portugal, pero sí que apareció el cuerpo de otro Sancho, nuestro Sancho IV, y aquí es cuando tenemos las siguientes descripciones más propias del descubrimiento de un auténtico tesoro escondido.

Los arqueólogos pudieron constatar que en la tumba de dicho rey se encontró su cuerpo momificado en un estado excelente, que se trataba de un hombre de gran altura, que estaba vestido de cintura para abajo con una mortaja y un hábito franciscano, que también apareció el cordón de la orden y que estaba calzado, pero lo más sorprendente fue el descubrimiento de una espada y una corana que acompañaban al finado en el momento de su muerte y que se habían conservado en perfectas condiciones. Destacaba sobre todo la corona, ya que se tenía documentación sobre ella, un regalo que la arqueología constataba y nos ofrecía para nuestro mayor deleite. La corona se compone de ocho eslabones de plata dorada en cuya parte superior aparecen sendos castillos heráldicos con tres torres, y en su base se decora con varios camafeos y zafiros, conociéndose popularmente por este detalle como “la corona de los camafeos”. ¿Una joya medieval digna de un rey? Más que eso, esta corona y según las pesquisas de los historiadores, perteneció a tres reyes consanguíneos, Fernando III el santo, Alfonso X el sabio, y nuestro Sancho IV el bravo. Así, abuelo, hijo y nieto se hicieron coronar con el mismo objeto de poder que sin duda pudo ver guerras, alianzas, amenazas, lealtades, traiciones, amores y desvelos, una corona que estuvo en la cabeza de reyes y que brilló en momentos de gloria, ahora aparecía de manera casual y nos regresaba a la historia más emocionante del medievo español, un descubrimiento que atesora nuestra catedral y a la vez es un legado para todas las generaciones.

Espada catedral

Relevancia simbólica

De la corona podemos decir que es representación de la majestad del soberano designado para servir a su pueblo con lealtad, los castillos en alusión al reino de castilla simbolizan la fortaleza, el monarca ha de ser fuerte como sus muros y ha de aspirar a gobernar con valores elevados como sus tres torres, como tres cualidades: virtud, autoridad y carisma. Desde esas torres el monarca mira al cielo para saber que todas sus acciones serán juzgadas por Dios y mirando al horizonte también divisa su reino y sus fronteras o límites como hombre que es.

No será baladí la elección de los zafiros que adornan la base de la corona, ya que su simbolismo denota fidelidad y la lealtad, consigo mismo, con su misión, con su familia y con sus súbditos. Amor y fidelidad como un matrimonio entre los lazos del rey y su reino.

Los camafeos o relieves obtenidos por la labor de una piedra preciosa, nos muestran cuatro rostros: dos de origen romano imperial, representa efigies de Druso el Joven y la reina Onfalia, cubierta con la piel del León de Nemea; y los otros dos son de origen stáufico, alusivo al linaje materno. Esta corona es singular ya que es la única que se conserva de un rey medieval hispano.

Sobre la espada: símbolo de fuerza y justicia, hace referencia al cariz guerrero de estos reyes en pugna constante con sus enemigos para la protección y a veces el engrandecimiento de su reino. Se descubre una espada de acero de doble filo y estoque de punta redonda, la empuñadura posee esmaltes heráldicos y está rematada por un pomo cincelado de arabescos que posiblemente protegía en su interior alguna reliquia ahora perdida.

 Estos objetos han sido vistos por el gran público en diversas exposiciones, de las que destacamos.

El poder del pasado. 150 años de arqueología en España (2017-2018). Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

Alfonso X el sabio, el legado de un rey precursor (2022). Museo de Santa Cruz, Toledo.

Quizás aún queden más tesoros por descubrir…Si quieres disfrutar de historias como esta, no lo dudes, compartiremos más aventuras contigo a través de nuestros  Paseos por el Toledo Mágico.

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