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El entierro del Señor de Orgaz

Entierro de conde orgaz

Que este cuadro es uno de los más importantes de la historia del arte es indudable, uno se queda perplejo ante su presencia y los minutos pasan escrutando los detalles de una escena compleja y sugerente donde se inicia un viaje cuyo destino final es el alma humana. Esta es una de esas obras magnéticas que nos hacen bucear durante horas por los intrincados vericuetos del arte y de nuestra propia naturaleza, pero ¿a qué hace referencia exactamente? ¿Cómo podríamos analizar esta gran obra?

Efeméride de un milagro

Con este artículo queremos desvelar algunos de los misterios que rodean al protagonista del cuadro, nos referimos a Don Gonzalo Ruiz de Toledo, el señor de Orgaz, del que ahora se cumplen 700 años tanto de su muerte como de su milagro, un evento donde historia, leyenda y el magnífico saber hacer de un genio de la pintura, se dan la mano para mayor asombro y disfrute de generaciones.  

La figura del Señor de Orgaz

Conozcamos a este gran señor, don Gonzalo Ruiz de Toledo nace alrededor del año 1256 en las casas del señorío de Orgaz, solar que según la tradición ocupó la familia de san Ildefonso, y que posteriormente, en el siglo XVII, la Orden Jesuita erigió su iglesia bajo la advocación del santo patrón de la ciudad. No será casualidad este guiño del destino, san Ildefonso y el señor de Orgaz nacerán por lo tanto en el mismo lugar, de familias de origen mozárabe y los dos personajes, además de una vida devota, se les concede el honor de ser los protagonistas de milagros.  

Don Gonzalo Ruiz de Toledo fue notario general de Castilla, alcalde de Toledo y ayo del rey (con minoría de edad), Alfonso XI. Perteneciente a una de esas familias de nobles que siempre se mostraron fieles a los reyes castellanos Sancho IV y Fernando IV, además del citado Alfonso XI. Su vida fue prolija en tareas de mecenazgo y defensa del patrimonio toledano, reedificando y ampliando algunas parroquias mudéjares como san Bartolomé, san Justo y Pastor y por supuesto santo Tomé donde construyó la capilla de la Concepción, lugar donde reposan sus restos y está ubicado el gran cuadro en recuerdo de su entierro y milagro. Además construyó el convento de san Agustín en una zona muy próxima a la puerta del Cambrón, cuyo destino final por desgracia fue la destrucción por las tropas francesas durante la guerra de la Independencia. Por último, mandó construir extramuros, el hospital de san Antonio Abad, cercano a la ermita de san Eugenio, en este hospital se curaban los enfermos del fuego de san Antonio, una enfermedad conocida como ergotismo y que está provocada por la ingesta de cereales en mal estado, sobre todo del centeno y que provoca erupciones cutáneas y sensación de quemazón, además de unas terribles alucinaciones que según la tradición, se han relacionado con aquellos diablos que tentaron san Antonio en su retiro. A todas estas obras que realizó nuestro protagonista, hay que añadir que siempre estuvo al lado de los más débiles y menesterosos para ayudarles a dignificar su vida, un ejemplo de caridad cristina que iba a forjar como galardón, el regalo de la Gloria como destino final de su alma.   

El milagro

Muere don Gonzalo el 9 de diciembre del año 1323 y sus restos son llevados a santo Tomé como última morada, lugar protagonista del siguiente prodigio: en el momento de ser enterrado, una luz inundó la estancia, los asistentes pudieron percibir una música celestial y descendieron san Agustín y san Esteban para depositar al finado en su lugar de enterramiento, en ese momento  se escucharon las siguientes palabras: «tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos sirve». Con ello se cerraba el círculo de la vida mortal del señor de Orgaz y comenzaba la eternidad de unos hechos que aún hoy son motivo de asombro y ejemplo. El milagro se reconoció por real cédula a solicitud del monarca Felipe II.

Antecedentes del cuadro

A la muerte de don Gonzalo se ordenó que la localidad de Orgaz habría de cumplir con un tributo a la parroquia de santo Tomé, que consistía en los siguientes bienes y alimentos, a saber: “páguese cada año para el cura, ministros y pobres de la parroquia 2 carneros, 8 pares de gallinas, 2 pellejos de vino, 2 cargas de leña, y 800 maravedís”, que efectivamente se pagaron hasta el siglo XVI, pero considerando Orgaz que ya se había cumplido con lo establecido, dejó de abonar. La respuesta fue un requerimiento del párroco don Andrés Nuñez de Madrid, que al no obtener respuesta positiva de reiniciar el pago, se vio obligado a pleitear, ganando el juicio y abonando el pueblo de Orgaz la deuda contraída. En este momento el párroco solicitó al arzobispo de Toledo el traslado de los restos de don Gonzalo al altar mayor, un sitio más preminente pero la respuesta del arzobispo fue precisa: “no toquen manos terrenales lo que han tocado manos celestiales”, por lo que no se intervino en su traslado.

Con ese dinero obtenido por el pago de la deuda, se pudo pagar una lápida recordando estos hechos del proceso y honrando la memoria del donante, que aún está presente en el mismo lugar del entierro y además, se encargó un cuadro al insigne artista afincado en Toledo Doménikos Theotokópoulos. Las directrices eran claras, se había de pintar un gran cuadro con una parte inferior que mostrara un oficio de difuntos y un grupo de asistentes donde se mostrara claramente a san Agustín y san Esteban cogiendo uno de la cabeza y otro de los pies a don Gonzalo justo antes del su entierro.  En la parte superior se daban pautas más vagas aludiendo sólo a pintar un cielo de gloria. Y el Greco lo hizo, y lo hizo de una manera tan excepcional que hoy es considerado uno de los mejores cuadros de la historia universal del arte.

Una cuestión que siempre acompañó al Greco era la alta tasación que ponía a sus cuadros, en este caso, el precio que puso el cretense fue de 1.200 ducados, cifra que le pareció abusiva al párroco de santo Tomé, ya que había constatado que los precios de cuadros anteriores eran de mucha menor cuantía, por este motivo, se contrató a un tasador que observando las dimensiones del cuadro y la magnífica ejecución del artista, valoró el cuadro en 1.700 ducados, por lo que se aumentaba el precio que dio el autor. Por este motivo se llegó al acuerdo de pagar el precio que había dispuesto en un primer momento el Greco.

El cuadro El entierro del Señor de Orgaz

Si entramos en detalles vemos como el Greco se toma la licencia de representar un oficio de difuntos típico de su época y no retrotraerse al siglo XIV, fecha real del milagro. Pintó un friso de rostros que se considera el primer cuadro de conjunto de la pintura española y una de las mejores muestras de retratos del Siglo de Oro español. Las miradas, los gestos y la posición de las manos son del todo magistrales y le confiere el sello personal e indiscutible del autor. Sobre los detalles vemos varios caballeros con la cruz de la Orden de Santiago, unos monjes de las órdenes de san Agustín, san Francisco (sayal con capucha) y santo Domingo, un sacerdote con un libro de salmos. Como elementos de la escena, hay varios hachones o cirios pero que proyectan muy poca luz, y una cruz procesional que rompe el plano horizontal para penetrar en el reino de los cielos. El señor de Orgaz permanece en el centro de la composición con una armadura damasquinada cogido por los santos, totalmente ingrávido como si con ello ya nos mostrara su ausencia de esta vida y la elevación de su alma. Sobre la identidad de los personajes se ha especulado mucho pero sólo podemos asegurar la identidad del hijo del Greco, que señala tanto la escena como una flor de margarita, símbolo de pureza y vida; el cardenal Quiroga que corresponde con san Agustín; los hermanos Covarrubias que muestran sendas barbas canas y cuello sin golilla…, y poco más.

Hay hipótesis nada claras de otros personajes como el historiador Francisco de Pisa, o el mismísimo Miguel de Cervantes, que sí pudo coincidir con el Greco en Toledo y por qué no, conocerse e incluso trabar amistad. Las relaciones más polémicas son las del propio autor, ya que siempre se ha creído que el Greco es el personaje que nos mira de frente, pero los estudios de su fisonomía en otros cuadros hacen dudar a los expertos que sea el mismo Doménikos. Por otro lado está la identidad del párroco de santo Tomé, don Andrés Núñez de Madrid, que siempre se había identificado con el personaje que está leyendo los salmos y oficiando el entierro, pero algunos expertos comparando otro cuadro que le representa, no lo admiten como seguro. En este sentido, se especula que el párroco puede ser el único personaje que nos da la espalda, a la derecha del espectador, vestido con una sobrepelliz entre blanquecina y transparente, y que muestra por primera vez en el arte la profundidad de campo, lo que más tarde, 70 años después, haría Velázquez con las Meninas, “pintar el aire”, como si los personajes pudieran pasear por el espacio intermedio que le separa ante él, y estuviera fuera de la escena. Una auténtica proeza artística que nos muestra de nuevo por qué el Greco fue un precursor en tantas cosas.

Descripción de la Gloria

Y justo, en la zona intermedia que separa la tierra del cielo, nos encontramos con un viaje al más allá, representado por un ángel que lleva delicadamente el alma de don Gonzalo, en forma de feto nebuloso y saliendo de una estrechez que algunos académicos en arte han definido como una forma uterina para significar un nuevo renacer en la otra vida.

Y en esta parte el Greco, con soberbia maestría, nos deja un despliegue de formas y colores que son un ejercicio de su estilo  más puro, con esas figuras alargadas en una compleja composición de personajes, túnicas y nubes compactas, evocando la figura de Cristo en lo alto, que bendice al mundo con sus dos manos hacia abajo.

Podemos distinguir en esta parte según la perspectiva del espectador, en la parte inferior izquierda a personajes del Antiguo Testamento como el rey David tocando la lira, Moisés con las tablas y Noé con el arca. Algo más arriba vemos a san Pedro con las dos llaves (la del cielo y la de la tierra), y supuestamente un san Juan con la mano en la oreja, en un ademán de escucha. En la parte inferior derecha vemos en un fondo más oscuro lo que se puede intuir que es a Lázaro resucitado y a María magdalena por sus largos cabellos. En la parte superior nos encontramos con un coro de personajes y cabezas abigarradas en las que se pueden resaltar las figuras de san Pablo con túnica naranja y santo Tomás con la escuadra, patrón de los arquitectos, y sobre todo a un san Juan bautista con la piel de camello símbolo de su predicación en el desierto de Judea. Más arriba se puede distinguir de entre una amalgama de cabezas, el rostro del rey Felipe II que en el momento de ser pintado el cuadro seguía con vida, según algunos expertos, fue un reconocimiento a la gloria merecida por este monarca, gesto humilde y de reconciliación del pintor que no olvidemos, fue rechazado por el rey como pintor de corte.

Contexto histórico y religioso del cuadro

Si el arte tiene varias funciones, una de ellas sin duda es servir de testigo de su tiempo, y el tiempo del Greco, por supuesto, tenía un contexto religioso muy concreto. No olvidemos que este cuadro fue pintado entre los años 1586 y 1588, en plena  Contrarreforma, como respuesta al movimiento protestante que se inicia en Alemania en el siglo XVI que tiene como principales precursores a Martín Lutero y Juan Calvino, y que rechaza parte de las indulgencias y pone en duda la autoridad del Papa de Roma, provocando posteriormente una escisión en la Iglesia cristiana. Una de las características que rechaza el protestantismo será el reconocimiento de la intercesión divina de la Virgen María y de los Santos, por lo que el cuadro que destacamos, está diametralmente opuesto a estas posturas. Por otro lado, interesante es destacar que uno de los elementos preclaros del comportamiento del señor de Orgaz es la caridad cristiana, elemento más secundario para los protestantes que destacan sólo la fe como esencia de la salvación.

Más allá de estas disquisiciones, queremos destacar la universalidad del tema que es en definitiva, el gran enigma del ser humano, que no sería otro que la muerte y la trascendencia. La única evidencia que tenemos en esta maravillosa vida, es que algún día la tendremos que dejar, al menos en la forma que tenemos y como la conocemos, ¿qué hay después de ella? ¿Realmente existe el más allá? ¿Cómo será? A Todas esas preguntas intenta responder esta obra universal con un claro mensaje de esperanza, la salvación es posible y los actos de este mundo son guía para dirigirnos a un estadio del alma donde la salvación será quizás nuestra última patria.

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