Respuesta rápida: Ana María García, conocida como la Lobera o la Llobera de Llanes, fue una mujer asturiana juzgada por la Inquisición de Toledo en 1648 acusada de invocar siete lobos demoníacos para atacar el ganado de quienes se negaban a darle lo que pedía. Su proceso se conserva en el Archivo Histórico Nacional y es el único caso documentado de brujería lobera en España. Contra todo pronóstico, no acabó en la hoguera. 🐺
Pocas historias reúnen tantos elementos de la España mágica: supersticiones ancestrales sobre el séptimo hijo, el miedo atávico al lobo, una maestra bruja en las montañas cántabras y un tribunal inquisitorial que, sorprendentemente, decidió no tomarse el caso demasiado en serio.
Lo extraordinario es que no hablamos de leyenda. El expediente existe, puede consultarse y en él se conserva la denuncia manuscrita que puso en marcha todo. Esta es la historia de Ana María García.
Qué significa ser lobera
Conviene empezar aclarando el término, porque en castellano tiene dos significados distintos que a menudo se confunden.
Una lobera, en su acepción más común, es una construcción o trampa destinada a capturar lobos, habitual en el norte peninsular. Todavía se conservan varias en Asturias, León y Galicia.
Pero lobera designa también, y este es el sentido que nos ocupa, a la persona que según la creencia popular tenía capacidad para dominar a los lobos y dirigirlos contra personas o ganado. En masculino, lobero. La propia Iglesia empleaba estos términos en sus procesos para referirse a quienes eran acusados de controlar manadas con fines dañinos.
Existe además la variante asturiana llobera o lloberu, que es como se conocía a Ana María en su tierra natal.
Quién fue Ana María García
Nacimiento en Posada de Llanes
Ana María García nació en 1623 en Posada de Llanes, en el concejo asturiano de Llanes, a los pies de la sierra del Cuera. Sus padres, Juan García y Toribia González, eran labradores.
La tradición sostiene que fue la séptima hija de la familia, circunstancia que en el folclore de la cornisa cantábrica arrastraba consecuencias temibles.
La maldición del séptimo hijo
Según una creencia extendida por todo el norte peninsular y también por Galicia y Portugal, el séptimo hijo varón de una familia estaba condenado a convertirse en lobishome u hombre lobo. En el caso de las mujeres, la superstición asociaba a la séptima hija con la brujería o con un vínculo anómalo con los animales salvajes.
Otras versiones del folclore señalaban causas distintas para la misma maldición: haber sido amamantado por una loba, quedar expuesto varias noches a la luz de la luna llena, o nacer en determinadas fechas del calendario.
Ana María quedó huérfana a los dos años y pasó por varias familias de acogida. Esa infancia sin arraigo la situó ya de partida en los márgenes de una sociedad rural que desconfiaba de todo lo que no encajaba.
El aprendizaje con Catalina González
Con catorce años y embarazada, Ana María huyó de Llanes. Terminó en Bricia, donde entró a servir en casa de Catalina González, mujer con fama de bruja en toda la comarca.
Según declararía años después ante el tribunal, Catalina la instruyó en el conocimiento de las hierbas, en los ritos para pactar con los diablos y en el modo de convocar y dirigir a los lobos.
Hay un detalle revelador en su testimonio: cuando Catalina, ya moribunda, quiso legarle su saya (la prenda que en la tradición transmitía la condición de bruja), Ana María se negó a ponérsela. Ese gesto, que ella misma se encargó de subrayar ante los inquisidores, resultaría clave en su defensa.
Brujería y hechicería: no era lo mismo
Para entender el proceso hay que conocer una distinción fundamental en la España del Siglo de Oro.
La hechicería consistía en el uso de conjuros, hierbas y remedios para curar, enamorar o causar daño. Se consideraba superstición, delito menor, y solía saldarse con penas leves. Estaba socialmente extendida y hasta cierto punto tolerada.
La brujería era otra cosa: implicaba pacto explícito con el demonio, apostasía y participación en cultos heréticos. Ahí sí entraba en juego la Inquisición con toda su severidad, porque no se trataba de superstición sino de delito contra la fe.
Esta frontera explica buena parte de lo que ocurrió después. Los inquisidores toledanos tuvieron que decidir de qué lado caía Ana María, y su decisión resultó menos previsible de lo que cabría esperar.
Los siete lobos
El ritual
Según su propia confesión, Ana María trazaba un círculo, pronunciaba unas palabras determinadas y emitía un silbido. Acudían entonces siete lobos de distintos pelajes y tamaños, cada uno con nombre propio, que no eran animales sino demonios bajo forma de lobo.
Protegida dentro del círculo, les daba instrucciones. Podía ordenarles atacar rebaños concretos o dejarlos en paz. Ese poder, real o supuesto, era el que le permitía amenazar a los pastores.
La amenaza como método
Aquí está el núcleo práctico del caso. Ana María recorría cañadas y cabañas pidiendo comida, ropa o alojamiento. Si se lo negaban, advertía de que echaría los lobos sobre el ganado.
Funcionara por medios sobrenaturales o simplemente por el terror que inspiraba, el método le daba resultado. Como dejó escrito la mujer que la denunció, traía toda la tierra alborotada.
¿Tenía realmente ese poder?
Los historiadores manejan varias hipótesis. Una apunta a que pudo criar lobeznos durante su etapa con Catalina y conservar cierta capacidad de llamada sobre animales habituados a su presencia. Otra, más prosaica, sostiene que bastaba con la fama: en una sociedad donde los ataques de lobo eran frecuentes y devastadores, atribuírselos a una mujer con reputación de bruja resultaba casi automático.
Sea como fuere, el efecto era el mismo. Cada rebaño atacado en la comarca reforzaba su leyenda.

El proceso inquisitorial de 1648
Cómo llegó a Toledo
Tras la muerte de Catalina, Ana María llevó una vida errante acompañando a pastores trashumantes. El 25 de mayo de 1648, con veinticinco años, llegó a tierras toledanas junto a uno de ellos, que trabajaba en propiedades de Gabriel Niño de Guzmán.
Su fama la precedía. Y allí se cruzó con la persona que acabaría con su libertad.
La denuncia de María del Cerro
Doña María del Cerro, vinculada a la casa de Niño de Guzmán, oyó lo que se contaba sobre la recién llegada. La encerró, la interrogó por su cuenta y obtuvo una confesión parcial. Después redactó de su puño y letra una denuncia y la entregó al tribunal.
El documento se conserva. En él escribe que había llegado una mujer asturiana a la que llamaban la Lobera porque, mediante hechicería, llama a los demonios en figura de lobos y los envía contra el ganado de quien no le da lo que pide.
El fiscal del Santo Oficio, don Juan de la Vega y Dávila, formalizó la acusación el 21 de junio de 1648.
Los cargos
Las acusaciones se organizaron en varios apartados (las fuentes difieren entre ocho y once, según la lectura del expediente) e incluían haber sido discípula de una bruja, haber pactado con el demonio en repetidas ocasiones, tratar con siete lobos que en realidad eran demonios, amenazar a pastores y ganaderos, y mantener relaciones con diversos hombres fuera del matrimonio.
Este último punto no es menor. Varios investigadores sostienen que su vida sexual libre pesó tanto o más que los lobos en la construcción de su fama de bruja. Una mujer sola, itinerante y sin ataduras resultaba, en la Castilla del XVII, profundamente sospechosa por sí misma.
La defensa
Durante el proceso Ana María adoptó una estrategia inteligente. Reconoció los tratos con el demonio, pero alegó haber actuado por miedo y sostuvo que nunca había hecho daño a ninguna persona. Se declaró engañada, mostró arrepentimiento y pidió perdón.
Cuando le exigieron pronunciar las palabras de invocación, se negó, argumentando que traerían desgracia sobre quienes las escucharan. Y recordó, insistentemente, que había rechazado la saya de Catalina: nunca llegó a ser bruja del todo.
La sentencia
El 3 de agosto de 1648 el tribunal dictó sentencia. Ana María fue condenada a abjuración de levi, la fórmula reservada a los casos de sospecha leve de herejía, y a un periodo de instrucción cristiana.
Nada de tortura. Nada de hoguera. Para lo que era habitual en un proceso por pacto demoníaco, la pena resultó extraordinariamente benigna.
Por qué salvó la vida
Es la pregunta que más intriga a los investigadores, y hay varias respuestas posibles.
El desinterés del tribunal. Julio Caro Baroja, que estudió el caso, apuntó que la licantropía no parecía interesar demasiado a los inquisidores toledanos, y que probablemente vieron a Ana María como una persona demasiado elemental para dedicarle esfuerzo.
La falta de pruebas. No hubo testigos directos del ritual ni evidencia material alguna. Todo se sostenía sobre rumores y sobre su propia confesión, obtenida además fuera del tribunal.
Su posible estado mental. Algunos autores plantean que los jueces la consideraran mentalmente inestable, lo que atenuaba la responsabilidad.
El escepticismo español. Conviene recordar un dato que sorprende a mucha gente: la Inquisición española fue notablemente más escéptica ante la brujería que los tribunales civiles del centro y norte de Europa. Mientras en Alemania o Suiza ardían decenas de miles de acusadas, el Santo Oficio español tendía a considerar estos casos como superstición de gente ignorante más que como herejía real.
El lobo en el imaginario español
Para entender por qué esta historia caló hay que entender qué significaba el lobo.
Durante siglos fue el enemigo por excelencia del mundo rural. Un ataque podía arruinar a una familia en una noche. Los concejos organizaban batidas colectivas, se pagaban recompensas por cada ejemplar abatido y se construían loberas para atraparlos.
Ese miedo real se transformó en material simbólico. El lobo pasó a representar lo salvaje, lo indomable, aquello que acecha desde el bosque y escapa al control humano. Alguien capaz de mandar sobre los lobos poseía, por tanto, un poder aterrador: dominaba precisamente lo que nadie podía dominar.
Otras loberas del folclore
El caso de Ana María no surge de la nada. El folclore del noroeste peninsular conserva relatos muy similares en Lugo, Ourense y Portugal: mujeres jóvenes, siempre la mayor o la menor de siete hermanas, que huyen de casa y viven con los lobos en una cueva. Los animales las obedecen, ellas los cuidan y curan sus heridas.
En estos relatos, cuando un forastero descubre el secreto y lo divulga en la aldea, aparece muerto pocos días después.
Ana María encajaba en un molde narrativo que su comunidad ya conocía. Quizá por eso resultó tan fácil creerla.
Escucha la historia completa
Hemos dedicado un episodio de nuestro podcast a contar este caso con todos sus detalles, sus claroscuros y el contexto que lo rodea. Si prefieres escucharlo, aquí lo tienes:
Dónde consultar el proceso
El expediente completo se conserva en el Archivo Histórico Nacional, en la sección de Inquisición, y puede consultarse digitalizado a través del portal PARES del Ministerio de Cultura. Es una de las escasas ocasiones en que una leyenda popular puede contrastarse con su documentación original.
Bibliografía sobre el caso
Julio Caro Baroja dedicó un capítulo al proceso en Vidas mágicas e Inquisición (1992), bajo el título «De licantropía y de licantrofilia: Ana María García, la Lobera».
Juan Luis Rodríguez-Vigil Rubio publicó el estudio monográfico Bruxas, lobos e Inquisición: el proceso de Ana María García, la Lobera (Oviedo, 1996).
José Manuel Pedrosa analizó el caso desde la antropología cultural en «Ana María la Lobera, capitana de lobos, ante la Inquisición (1648): mito, folclore, historia», publicado en la revista Edad de Oro (2008).
Alberto Álvarez Peña lo sitúa en su contexto asturiano en La brujería en Asturias (2004).
Un caso único
No existe en los archivos españoles ningún otro proceso inquisitorial por brujería lobera. Ese carácter excepcional es lo que convierte el expediente de Ana María en una pieza tan valiosa: permite asomarse, con documentación de primera mano, a un universo de creencias que normalmente solo conocemos a través del folclore oral.
Lo que aquel tribunal juzgó realmente no fue el poder de convocar lobos, que ningún inquisidor sensato creyó. Fue a una mujer pobre, sin familia, sin marido y sin lugar en el mundo, que había descubierto que el miedo ajeno podía darle de comer.
Quizá por eso la dejaron marchar. 🐺

Brujería y hechicería en nuestras rutas
En Paseos Toledo Mágico dedicamos una ruta específica a la brujería y la hechicería en Toledo, donde el caso de la Lobera ocupa un lugar destacado. Recorremos los lugares vinculados al Santo Oficio y explicamos cómo se perseguían realmente estos delitos, muy lejos de los tópicos que ha difundido el cine.
Toledo fue durante siglos sede de uno de los tribunales inquisitoriales más importantes de España, y sus calles conservan la memoria de procesos como este. Descubre más leyendas de Toledo o acompáñanos en una de nuestras rutas nocturnas. 🕯️
Preguntas frecuentes sobre la Lobera y el mito del lobero
¿Qué diferencia hay entre un lobero y un hombre lobo?
Son figuras distintas aunque el folclore a veces las mezcle. El hombre lobo o licántropo se transforma físicamente en animal, generalmente contra su voluntad y asociado a la luna llena. El lobero o lobera conserva su forma humana en todo momento y lo que posee es la capacidad de convocar y dirigir a los lobos, que le obedecen. En el caso asturiano, el término lloberu designa ambas cosas según la zona, lo que ha generado confusión. Ana María García nunca fue acusada de transformarse: los cargos hablaban de que llamaba a siete demonios con figura de lobo y les daba órdenes. Es, por tanto, un caso de dominio sobre los animales, no de metamorfosis.
¿Hubo más casos de licantropía juzgados en España?
Procesos por brujería lobera propiamente dicha, no se conoce ningún otro documentado, lo que hace excepcional el expediente de Ana María. Sí existen en cambio casos vinculados a la licantropía en sentido amplio, siendo el más célebre el de Manuel Blanco Romasanta, el llamado hombre lobo de Allariz, condenado en Galicia en 1853 por varios asesinatos que atribuyó a una maldición que lo convertía en lobo. Aquel proceso, sin embargo, fue civil y no inquisitorial, y se produjo dos siglos después. En el resto de Europa los juicios por licantropía fueron bastante más frecuentes, especialmente en Francia y en los territorios germánicos durante los siglos XVI y XVII.
¿Qué fue de Ana María García después del juicio?
El rastro documental se pierde tras la sentencia de agosto de 1648. Sabemos que abjuró de levi y que cumplió un periodo de instrucción cristiana, pero no hay constancia de qué ocurrió con ella después. La tradición sostiene que regresó a Asturias, aunque ningún documento lo confirma. Curiosamente, algunas fuentes secundarias interpretaron erróneamente la fecha de la sentencia como fecha de ejecución, error que se ha repetido en varias publicaciones divulgativas. El expediente no recoge condena a muerte alguna. Es probable que Ana María volviera a la vida errante que llevaba antes, esta vez sin la protección que le daba su fama.
¿Se puede visitar hoy algún lugar relacionado con la Lobera?
En Asturias, Posada de Llanes y el entorno de la sierra del Cuera conservan el paisaje donde nació y creció, y la figura de la Llobera forma parte de la memoria local del concejo. En Toledo no existe un lugar concreto identificado con el proceso, ya que las dependencias inquisitoriales ocuparon distintos edificios a lo largo de los siglos y el tribunal cambió de sede en varias ocasiones. Sí pueden recorrerse los espacios vinculados al Santo Oficio toledano, como el antiguo convento de San Pedro Mártir, primera sede del tribunal, o la Plaza de Zocodover, escenario de los Autos de Fe. También se conservan loberas tradicionales visitables en varios puntos de Asturias y León.
