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Leyenda del Pozo Amargo

Leyenda del Pozo Amargo

En Toledo hay rincones para el reposo y la belleza, lugares cargados de historia y hazañas, plazas monumentales y estrecheces casi sin luz, hay escenarios donde todo pudo ocurrir y en especial hay una pequeña plaza, a pocos metros de la catedral, donde el amor se daba cita en las noches de luna llena.

Cae el telón oscuro de la noche y las horas de silencio, Toledo antes bulliciosa por el transitar de gentes, ahora se muestra calma, preparada para narrar una historia. Sólo se escuchan a lo lejos los pasos de un caballero que embozado en una capa, va al encuentro del amor. Fernando era un apuesto joven cuyo corazón estaba preso de una dama dueña de sus desvelos. Sus miradas ya se habían cruzado antes por el Zocodover y tras un tiempo, unas palabras se intercambiaron de manera lacónica y casi susurrada para ofrecer unas coordenadas exactas a su cita: justo a mitad de medianoche, en la plaza del pozo, ese sería el único testigo. Y el amor creció y el sentimiento mutuo fue tan grande que se juraron amor eterno justo en el brocal del pozo. –te amaré para siempre. Le dijo Fernando a su amada. –Mi corazón es tuyo. Contestó Raquel con los ojos fijos en su pupila. Y así se consumó un pacto entre dos corazones que ahora ya palpitaban como uno, los anhelos del amor que lo puede todo, que no tiene límites y no comprende de razas.

Porque Toledo en esos momentos era una ciudad distinta a otras, tras la conquista por los cristianos se vivía dentro de sus murallas, atesorando una convivencia de tres culturas que habían forjado el destino común de la joya del Tajo. Toledo la goda, la cristiana, también era un espacio propicio para mahometanos y judíos, y en sus calles se entrelazaban lenguas y gentes, gentes y credos, credos y almas que rezaban a un dios con varios nombres. Pero no todo el mundo respetaba este equilibrio, el padre de Raquel ya conocía de los planes de su hija, y tan sólo imaginar la escena de una descendencia que mezclara las sangres, le había robado el sueño y la esperanza. El viejo Leví no comprendía que el amor no tiene fronteras y sólo anhelaba para su hija un matrimonio ventajoso con un miembro destacado de la comunidad judía. No se resignó por los acontecimientos y comenzó a urdir un malévolo plan para impedir aquella relación.

Sin decir una palabra a nadie, de forma ladina y maliciosa, concibió en su mente la peor de las soluciones y una noche sin luna, tras haber estudiado minuciosamente el camino de vuelta de Fernando del pozo a su casa, en un callejón sin salida, se escondió enfundado en una capa negra, al pasar el enamorado, de manera traicionera le sorprendió por la espalda y agarrándole por el cuello le sometió tirándole al suelo, una vez desprovisto de cualquier defensa, Leví sacó una daga y comenzó a apuñalar despiadadamente el corazón de Fernando hasta que su cuerpo dejó de moverse. Comenzó a llover. Era una de esas lluvias copiosas que en otoño nos acompañan casi  toda la noche, momento idóneo para hacer desaparecer el cuerpo en un lugar secreto que ya estaba preparado de antemano. Como una extraña providencia, la lluvia sirvió al judío como su mejor coartada ya que el agua caída en la noche, había hecho desaparecer todo rastro o posible pista que le pudiera delatar, la sangre había desaparecido, nadie podría sospechar de él.

La situación cambió en torno al pozo, ya no se escuchaban palabras de amor, ni secretos susurrados, tan sólo Raquel como todas las noches acudía fiel al lugar de sus encuentros pero ya nunca más regresó Fernando. Ella no lo entendía, ¿por qué? Se preguntaba con la voz quebrada. Tras unos primeros días la duda tornó en preocupación, y ésta en desesperanza, para finalmente abrazar una profunda tristeza al no comprender el por qué del abandono. ¿Qué le habría ocurrido a Fernando? Nadie conocía el paradero de este joven porque nadie podía si quiera pensar la trágica verdad que escondía su ausencia. Y así pasaron las noches, con Raquel imbuida ya en una locura de amor que hizo caer sus lágrimas al pozo, derramando así una esperanza que se había diluido en las aguas que a partir de ahora, tuvieron un sabor amargo como la profunda amargura de Raquel.

Finalmente y casi consumida su carne y su alma, como un espectro en vida, la amada de nuevo no faltó a su cita. Era una de esas donde la luna llena inunda cada rincón, también y de manera caprichosa se colaba por el brocal y su luz se proyectaba sobre las aguas calmas del pozo…, y sucedió que de repente, el juramento que se hicieron los enamorados, resonó con fuerza en su cabeza, ¿era él?, ¿había vuelto?, ¿dónde estaba? Raquel se giró y no vio a nadie, de un lado a otro escuchaba la voz de su amado hasta que asomó la cabeza por el brocal y en el fondo del pozo, la luna se transmutó en el rostro del amado que con una sonrisa iluminó también sus ojos, ella sin pensarlo, y tras responder con otra sonrisa, se arrojó con la intención de abrazar a Fernando, la luz de su vida. Así es como terminó Raquel, en compañía de su amado para toda la eternidad, para siempre como ese juramento que se hicieron cierta noche en el mismo lugar, destino de su amor y de su muerte.

Los vecinos al enterarse de este suicidio y al comprobar que efectivamente el agua por su amargura ya no era potable, cerraron para siempre el brocal para querer cerrar este episodio triste y cruel de un amor imposible y con ello, evitar futuros intentos de imitar a estos malogrados amantes.

Por su parte cuenta otra leyenda, que el padre de Raquel, al conocer la noticia, y no teniendo la fuerza o el valor suficiente para quitarse la vida, se exilió de Toledo sin rumbo fijo y dicen que aún vaga errante por los páramos solitarios y yermos del mundo sin que nadie le de cobijo, como un espectro condenado eternamente a no conocer patria ni perdón.

Y ahora amigo paseante, es cuando has de comprobar hasta dónde es cierta esta leyenda, llevando tus pasos al lugar indicado en una noche de luna llena, si lo haces, quédate esperando en silencio y quizás puedas si tu corazón está preparado, escuchar una voz que trémula canta entre lágrimas y nos susurra desde el más allá, que el amor si es verdadero, vence a la muerte.

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