EL ORIGEN DEL CORPUS CHRISTI

EL ORIGEN DEL CORPUS CHRISTI

CUSTODIA TOLEDO

En el cristianismo católico, a través del rito eucarístico, instituido por el propio Jesucristo en la Última Cena, se afirma el mysterium de la presencia viva de Jesús entre los Hombres a través de las especies del pan y el vino: “Cuerpo y Sangre de Cristo”.

Siendo así, y siendo evidentemente tanto un rito central del catolicismo como unos de los “misterios” fundamentales de su doctrina, fue a partir del siglo X que surgieron las primeras controversias respecto de dicho “misterio” de la Eucaristía.

Destaca en este sentido y ya en la Alta Edad Media Escoto de Erígena y Berengario de Tours, como defensores de la teoría de que en el “Santo Sacramento” no había “presencia real” de Cristo, sino memoria veri Corporis et Sanguinis.

Estas disquisiciones sobre la Eucaristía, llevarán a en el IV Concilio de Letrán, a definir que la presencia de Jesús en el pan y el vino eucarísticos, era una presencia “sacramental” y por tanto no idéntica a su presencia física en la Tierra por la Encarnación; cosa que no quitaba que fuera una presencia real y no meramente simbólica.

Obviamente el pueblo llano vivía mayormente ajeno a estas disquisiciones teológicas y reclamaba en todo caso una ceremonia que le recordase y afirmase la realidad del “Cuerpo y la Sangre de Cristo”, en el pan y el vino eucarísticos.

Es entonces que encontraremos a la mística de Juliana de Lieja (1191-1258), monja que consagrará todos sus esfuerzos a hacer realidad la visión que le asiste en numerosas ocasiones mientras está en oración. Visión en la que una luna casi llena que nunca termina de completarse le estaría indicando que al calendario litúrgico le estaba faltando algo para terminar de estar completo. Ese algo no sería otra cosa que la celebración del Corpus Christi…

Los esfuerzos y entusiasmo de la monja “iluminada” tendrán sus frutos, y el obispo de Lieja dejándose convencer por ella, instaurará la fiesta del “corpus” en su diócesis. Del mismo modo el arcediano de Lieja, Jacques Pantaleón, ardiente colaborador  en la instauración de la fiesta del Corpus Christi, en el año 1261 será elegido Papa como Urbano IV. Siendo entonces que aprovechará para declarar la fiesta del corpus no ya como una fiesta de Lieja, sino como una fiesta universal de toda la Cristiandad.

De este modo en el año 1264 y de mano de la bula Transiturum se declaró obligatoria para la iglesia latina la festividad del Corpus Christi. Siendo posteriormente en el Concilio de Viena (1311) que se fijará su celebración el jueves posterior al primer domingo de Pentecostés. Al año siguiente ya tendremos noticia de su celebración en Vich, en León, en Barcelona en el 1319, en el 1320 en Gerona o en el 1331 en Valencia… Poco después estaría extendida ya por toda España.

Llegado el siglo XVI el auge de la reforma protestante y su negación del misterio eucarístico, propiciará que los países de la Contrarreforma, con España a la cabeza, hagan especial hincapié en la puesta en valor de la eucaristía. Siendo entonces que las procesiones del corpus y las custodias de las mismas, de mano de la exaltación barroca,  se convertirán en gran medida en lo que hoy conocemos. La custodia de Arfe, en Toledo, será en este sentido ejemplo palmario…

¿Sustituyó la fiesta del corpus a alguna fiesta anterior y precristiana?

No realmente, si bien es verdad que de manera eminente la fiesta del corpus, es una fiesta primaveral, siempre anterior a la noche de san Juan, y en la que las calles se engalanan con flores, platas, tomillos… Colores primaverales y usos de las flores y sus aromas que nos remiten lejanamente a un mundo precristiano de adoración y celebración de la naturaleza. Quizás sea por eso que en algunos lugares de España, la fiesta del corpus cursa con vistosas mascaradas y botargas de regusto pagano.

Es el caso del “colacho” en Castrillo de Murcia, en la provincia de Burgos. En la que un ser estrafalario y embutido en una botarga (el colacho propiamente dicho) huye de la procesión del corpus y hostiga a los asistentes con una fusta hecho de cola de caballo.  Quizás en una línea similar y paganizante estén también los famosos “Pecados y Danzantes” de Camuñas, en Toledo; o los “birrias” de Laguna de Negrillos en León. Diablos burlones estos últimos, que en la cabecera de la procesión del corpus, fustigan a los asistentes mientras les salpican con agua.

El Colacho

Ribetes así precristianos de una fiesta primaveral que en Toledo muy posiblemente, se pueden rastrear también en la procesión de gigantones, cabezudos y sobre todo, en la Tarasca…

gigantones

(Elaborado a partir de un artículo de Domingo Domené Sánchez en “El origen de las fiestas. La cristianización del calendario”. En ediciones Laberinto)

*

“Leyendo leyendas”: La Tarasca.

Una terrible bestia asolaba la idílica población de Tarascón, en la rivera del Ródano, región de Provenza. El monstruo se componía como un híbrido de los más temidos animales con tres pares de patas de oso, un tronco de caparazón del que salían afiladas púas, cola de escorpión, y una horrenda cabeza mitad hombre y mitad león, cuyo rugido hacía temblar a todos los pobladores de esta próspera comarca.

La bestia era insaciable, habitaba una profunda sima ubicada en la montaña más alta de aquel paraje y exigía, que digo, arrebataba, semana sí semana también, una víctima que solía ser una joven dama a la que le esperaba una sanguinaria muerte, diezmando la descendencia de Tarascón e instalando un aire enrarecido en la aldea, que se consideraba maldita. Fue entonces cuando a la desesperada, el rey René, envió a todos sus mensajeros hasta los últimos confines de Francia para contar su desgracia y reclutar a los más valientes caballeros, esperando que se enfrentaran a la temible bestia. Como premio a la victoria, ofrecía una alta recompensa, ser el señor de estas tierras y tomar posesión de su castillo.  Y llegaron caballeros de todo el país cada cual más aguerrido que el anterior, pero todos acababan de la misma manera, entraban en la cueva para no salir nunca, sólo se oían lamentos y gritos que infundían, una imagen horrenda y pavorosa de lo que allí podía suceder… A cada caballero desaparecido, se desgranaba poco a poco una esperanza ya de por sí frágil.

Cuando todo parecía perdido, una joven del pueblo de nombre Marta, al caer la noche, se aventuró a entrar sola en la caverna y en esta tenebrosa morada junto al monstruo, comenzó a calmar con rezos y salmos a la bestia, que dócil y sumisa perdió ya para siempre su asesina fiereza. Al día siguiente, y sujeta tan solo por un cordel, la llevó hasta la plaza del pueblo donde todos pudieron observar atónitos, el prodigioso e insólito cambio. Se escucharon por fin gritos de júbilo en Tarascón, la alegría se restauró y agradecido a Marta quedó todo el pueblo. Pero cayendo la noche y turbados por la desconfianza ante esta victoria, unos jóvenes espada en mano, se abalanzaron sobre el dragón dándole muerte y esparcieron todo su cuerpo en un campo de despojos. Con los primeros toques del alba, Marta al ver lo sucedido, reprendió a sus vecinos con tanta dureza que avergonzados pidieron perdón, y la misma Marta exclamando en voz alta les dijo: “¿qué os diferencia a vosotros de la bestia si hacéis de la muerte la única solución a vuestros problemas? Os contaré cómo  he vencido a vuestros temores, sólo la palabra de Dios es más fuerte que la espada”, y haciendo la señal de la cruz, convirtió a Tarascón a la fe de Cristo, convencidos que a partir de aquel momento, todo dragón por muy fiero y cruel que fuera, podría ser aniquilado.

Y para perpetuar en la memoria este acontecimiento, en la tradición cristiana se celebra hasta el día de hoy, una procesión que precede a la del Corpus Christi, para dar muestra y ejemplo de lo que aquí hemos narrado.

Julio César Pantoja Torrijos.

tarasca

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